miércoles, 6 de febrero de 2008

Arte y artesanía

A todo el que le guste la pintura del siglo XX le recomiendo la exposición de Modigliani que Fundación Caja Madrid y el Museo Thyssen organizan en Madrid. Si con lo que voy a decirles les animo aún más, sepan que la mejor mitad de la exposición es gratuita y está en la sala de exposiciones de la Fundación, en la Plaza de San Martín. Pero vista ésta, la otra parte se convierte en absolutamente obligatoria, con lo que una vez allí, bueno es aguantar un poco la cola –que por ahora no es mucha- y aprovechar la excusa del lugar y de la entrada para darle un repaso a la colección del Museo.

Viendo la obra de Modigliani uno se plantea de nuevo la diferencia entre arte y artesanía. Me explico. Modigliani llevaba años en su Montmartre adoptivo haciendo retratos y desnudos, y algún que otro paisaje, ya con ese estilo tan personal que lo ha hecho imprescindible para la historia de la pintura. Y en 1917, a su entonces nuevo marchante se le ocurre proponerle una serie de desnudos acostados y algo más atrevidos para buscar nuevos clientes. El pintor realizará cerca de 30 desnudos entre 1917 y 1919, los más famosos.

Creo que el primer desnudo de Modigliani –o el más perfecto- es arte. Los demás, si es que existe tal diferencia, son artesanía. Eso sí, la labor de un enorme artesano con un lenguaje personal y excepcional, tras tocar el cielo del arte.

Junto a las máscaras africanas y las esculturas de Brancusi, Modigliani resulta menos original de lo que nos parecía. Y frente a los retratos y desnudos de los menos conocidos Kisling, Soutine o Foujita (este último haciendo volúmenes del blanco como quizás sólo un ojo japonés sería capaz), la obra de Modigliani se antoja a veces demasiado subrayada por una vida difícil y trágica. Con lo que nos gusta eso al público.

Ustedes van quizá a decirme que así es todo (con lo cual yo no voy a estar del todo de acuerdo, pero algo sí). O a lo peor quieren incluso expulsarme de esta Academia porque leen entre líneas que estoy criticando al genio; pero relájense que no es verdad, que yo no critico a Modigliani, que no en vano me tragué la cola el primer día de exposición.

Pero mucho de lo que ví ya no era arte sino artesanía. Artesanía de la buena, por supuesto. Como también pasa con Miró, Dalí, alguna época de Picasso, o Patinir y su taller, repitiéndose y copiándose por mor del público y el llegar a fin de mes. Porque lo que no hay son treinta Meninas, ni treinta Guernicas, ni treinta Señoritas de Avignon, ni treinta Don Quijotes.

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