lunes, 9 de junio de 2008

Torito guapo

Prefiero utilizar un nuevo espacio para exponer mis ideas sobre las corridas de toros porque, como se ha visto en los comentarios anteriores, el tema no se despacha con una simple frase. Aunque sí voy a resumir mi postura con una sola: "A mí no me molestan". En un hipotético referendum sobre el futuro de la fiesta me abstendría. No comparto los argumentos de unos ni de otros. Lo cual no quiere decir que no tenga una opinión al respecto.

Durante una época incluso me aficioné y acompañaba a mi padre a los toros. Pero cuando él dejó de ir consideré que el espectáculo de un ganado inválido rodando por el albero mientras los valientes diestros se afanaban en sacarle pases no valía lo que se pagaba por la entrada y también me retiré. Desde entonces habré vuelto a la plaza en contadas ocasiones, siempre invitado o para acompañar a un visitante interesado en la fiesta. Tampoco recuerdo haber visto una corrida entera por televisión. En cualquier caso, si alguno de ustedes desea regalarme una entrada de tendido no se lo voy tomar a mal.

Nos guste o no, nuestra especie es carnívora. Algunos individuos renuncian por razones éticas a alimentarse de animales y ese es un gesto que seguramente les honra. Pero mi dieta y la de la mayoría de mis prójimos sigue incluyendo cadáveres. Y hablo de cadáveres porque, salvo en el caso de las ostras, normalmente preferimos que los animales estén muertos antes de proceder a devorarlos. Lo cual plantea el desagradable asunto del sacrificio.

En la cultura urbana occidental en la que vivimos el problema se evita ocultándolo. Hay todo un mundo subterráneo encargado del procesamiento de la carne para que los consumidores no tengan que presenciar el espectáculo de un corderito arrancado de la teta de su madre y degollado para extraerle chuletas y menudillos. En otras culturas, y en la nuestra en otros momentos y ámbitos, el espectáculo de la muerte animal y humana es cotidiano, contemplado por mayores y niños sin reparos. El mensaje en ambos casos es que la naturaleza no es justa y que algunos tienen que morir para que otros sobrevivan. Es imprescindible, por tanto, que si uno se come a un animal sea consciente de que era un ser vivo, y que ha sido matado para que nos alimentemos. Ocultar los hechos no hace que desaparezcan. Por convicción estoy en contra de la pena de muerte, pero si algún gobierno iluminado la reinstaurara yo exigiría que las ejecuciones fueran públicas.

Y volvemos a los toros. Son animales hermosos, criados al aire libre en espacios privilegiados. Lamentablemente su pertenencia a la familia de los bovinos lo incluye entre las especies cárnicas. Pero el toro además tiene (o tenía) fiereza, y a lo largo de los siglos el hombre aprendió a dominarla o controlarla antes de proceder a sacrificarlo. Algunos lo llaman arte, es cuestión de gustos (a mí no me gusta el fútbol aunque sí el boxeo, vaya usted a saber por qué). Lo cierto es que no es una muerte más innoble o cruel que la que pueda sufrir un ternero retinto o un pollo de granja. Desde un punto de vista humano consideraríamos preferible afrontar una muerte segura luchando, pero me da a mí que a los otros animales eso les importa poco y no invocaré tal argumento.

Conocemos la vida de un toro de lidia, desde que su madre es fecundada hasta que muere públicamente. De qué otro animal comestible podemos decir lo mismo? No sé ustedes pero yo lo prefiero así.

Y por último, no puedo estar más en desacuerdo con la negativa apreciación de nuestro Robespierre sobre el pasodoble español. Maestro, que suene Nerva!

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