domingo, 15 de febrero de 2009

La teoría de la felicidad

Hace unos días se cumplieron dos siglos del nacimiento de Charles Darwin. Entre las diversas efemérides, se ha contemplado la publicación de la autobiografía del hombre, mutilada en su época por su mujer que consideraba la había escrito "con demasiada libertad".

En ella, se vuelcan los pensamientos de Darwin acerca de Dios, la religión y la naturaleza humana. Resulta reconfortante -en medio de toda esa reivindicativa corriente ateísta que nos anima a disfrutar de la vida desde los autobuses- ver que, hace más de un siglo, solo e incomprendido por muchos, el padre de 'El origen de las especies' llegaba a una resolución vital parecida.

En los siguientes fragmentos, habla de la divinidad, de la felicidad como motor de la existencia, del sentimiento de transcendencia y del sufrimiento que le supone, a un ateo, pensar en el fin de la existencia.

Aunque no pensé mucho en la existencia de un Dios personal hasta un periodo de mi vida bastante tardío, quiero ofrecer aquí las vagas conclusiones a las que he llegado. El antiguo argumento del diseño en la naturaleza, tal como lo expone Paley y que anteriormente me parecía tan concluyente, falla tras el descubrimiento de la ley de selección natural. Ya no podemos sostener, por ejemplo, que el hermoso gozne de una concha bivalva debe haber sido producido por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta por un ser humano. En la variabilidad de los seres orgánicos y en los efectos de la selección natural no parece haber más designio que en la dirección en que sopla el viento. Todo cuanto existe en la naturaleza es el resultado de leyes fijas.

(…) Algunos autores se sienten realmente tan impresionados por la cantidad de sufrimiento existente en él, que dudan –al contemplar a todos los seres sensibles- de si es mayor la desgracia o la felicidad, de si el mundo en conjunto es bueno o malo. Según mi criterio, la felicidad prevalece de manera clara, aunque se trate de algo muy difícil de demostrar. Si admitimos la verdad de esta conclusión, reconocemos que armoniza bien con los efectos que podemos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de cualquier especie hubiesen de sufrir hasta un grado extremo, dejarían de propagarse; por eso no tenemos razones para creer que esto haya ocurrido siempre, y ni siquiera a menudo. Además, otras consideraciones nos llevan a creer que, en general, todos los seres sensibles han sido formados para gozar de la felicidad.
Nadie discute que en el mundo hay mucho sufrimiento. Por lo que respecta al ser humano, algunos han intentado explicar esta circunstancia imaginando que contribuye a su perfeccionamiento moral. Pero el número de personas en el mundo no es nada comparado con el de los demás seres sensibles, que sufren considerablemente sin experimentar ninguna mejora moral. Para nuestra mente, un ser tan poderoso y tan lleno de conocimiento como un Dios que fue capaz de haber creado el universo es omnipotente y omnisciente, y suponer que su benevolencia no es ilimitada repugna a nuestra comprensión, pues, ¿qué ventaja podría haber en los sufrimientos de millones de animales inferiores durante un tiempo casi infinito?

(…) Anteriormente me sentí impulsado por sensaciones como las que acabo de mencionar a sentirme plenamente convencido de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi diario escribí que, en medio de la grandiosidad de una selva brasileña, “no es posible transmitir una idea adecuada de los altos sentimientos de asombro, admiración y devoción que llenan y elevan la mente”. Recuerdo bien mi convicción de que en el ser humano hay algo más que la mera respiración de su cuerpo. Pero ahora las escenas más grandiosas no conseguían hacer surgir en mi pensamiento ninguna de esas convicciones y sentimientos (…) El estado mental provocado en mí en el pasado por las escenas grandiosas difiere de manera esencial de lo que suele calificarse como sentimiento de sublimidad: y por más difícil que sea explicar la génesis de ese sentimiento, apenas sirve como argumento a favor de la existencia de Dios, como tampoco sirven los sentimientos similares, poderosos pero imprecisos, suscitados por la música.

(…) Respecto a la inmortalidad, nada me demuestra tanto lo fuerte y casi instintiva que es esa creencia como la consideración del punto de vista mantenido ahora por la mayoría de los físicos de que el Sol, junto con todos los demás planetas, acabará enfriándose demasiado como para sustentar la vida, a menos que algún cuerpo de gran magnitud se precipite sobre él y le proporcione vida nueva. Para quien crea, como yo, que el ser humano será en el futuro una criatura más perfecta de lo que es en la actualidad, resulta una idea insoportable que él y todos los seres sensibles estén condenados a una aniquilación total tras un progreso lento y prolongado.

1 comentario:

La navaja en el ojo dijo...

Qué hombre más adelantado. Tengo pendiente un polemiquísimo artículo sobre que es comprensible pensar que exista el diseño inteligente. Y lo diría sin creer, por supuesto, en él. E incluso que, gracias a la ciencia, en cierto modo se produzca, pues ahora la evolución reamente está en nuestras manos: Sheldon es el próximo eslabón, pero ¿se reproducirá?